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Los Capaceros van vestidos como los antiguos molineros, con monos, alpargatas
y alguna talega o saco por la cabeza. El Camuñas viste un pantalón
y una chambra de colores, sobre la que lleva una piel de cabra o de oveja
metida por la cabeza a manera de casulla pero más corta y que se
anuda a la cintura con un amplio correaje, del que van prendidos y colocados
a la espalda tres cencerros. Tocado con una mitra de cartón recubierta
de tela o de paja (a veces también simplemente cubierto por una
talega colocada a manera de gorro frailero), lleva en las manos unas enormes
castañuelas con las que va llamando y provocando al público.
Su cara pintarrajeada de negro recuerda, igualmente, a las faenas de los
molineros y a las aceitunas. A las espaldas, en un zurrón de piel
de chivo, lleva guardado el fuego para comenzar el rito.

Los quintos y mozos del pueblo, dos o tres días antes de la celebración
del Capazo, suben a la sierra y cortan un roble de cuatro o cinco metros
de alto que esté provisto de buenas horcas. Luego lo clavan en
medio de la plaza, pelado de hojas y de ramas pequeñas.
Una hora antes de comenzar el rito, el Camuñas, moviendose mientras
camina rítmicamente para hacer sonar sus campanillos, y precedido
de un tamborilero y de un porteador con una caballería cargada
con capacetas usadas en el prensado de las aceitunas en los molinos, recorre
las calles del pueblo avisando y recogiendo por las casas a los Capaceros.
Los familiares de éstos lo reciben ofreciéndole una copa
y algún dulce típico.
A la hora prevista, alrededor de las doce de la noche, los mozos y mozas
y todos los espectadores comienzan a reunirse alrededor del árbol
clavado en la plaza. Los capaceros llegan con las capacetas y las van
distribuyendo en distintos puntos de la plaza. El alumbrado público
de la plaza de apaga.
El Camuñas aporta el fuego con el que han de prenderse las esteras.
Los mozos comienzan a encender con fuego las capacetas, uno aquí
y otro allá, produciendo un círculo de luminarias.
Suena el tamboril mientras los mozos comienzan a lanzar las esteras flameantes
con intención de dejarlas enganchadas en el árbol. El Camuñas
baila e incita con sus movimientos a que otros mozos lancen más
esteras. Y así, una tras otra, las capacetas comienzan a volar
por los aires, describiendo órbitas circulares o elípticas
y quedando unas encajadas en la cogolla del roble, otras en las ramas,
otras yendo a parar a las cabezas de los numerosos asistentes al rito,
que forman un nutrido corro alrededor.
Cuando el número de capacetas es lo suficientemente abundante,
el mismo árbol comienza también a arder, empapado con el
aceite que las esteras escurren y, transformado en una enorme tea, ilumina
toda la plaza, mientras mozos y mozas bailan alrededor de la luminaria
al son del tamboril y guiados por el Camuñas.
Es el momento de repartir el sopetón (bollo empapado en aceite,
zumo de naranja y azucar) entre los asistentes y participantes, mientras
se va consumiéndo la lumbre en el Capazo (se denomina así
al conjunto de árbol y capacetas ardiendo).
Variante del mes de Abril: En las últimas llamas, los mozos prenden
velas con las que llevarán el fuego dentro del templo parroquial
para encender los cirios de la Virgen de Bienvenida, patrona del pueblo.

Posiblemente se trata de un rito muy primitivo, anterior incluso a la
cultura romana, al menos en sus aspectos más significativos, como
pueden ser el culto al árbol y al fuego y, sin temor a equivocarnos,
habría que pensar que a tal actitud reverencial hacia estos dos
elementos habría que buscarle sus raíces en la cultura celtibérica.
No en vano son los celtas los que construyen su sociedad y sus poblados
y celebran sus consejos y deliberaciones alrededor de un gran árbol
(tal vez por razones parecidas haya existido siempre un enorme olmo en
medio de la plaza del pueblo). Y no es extraño que se produzcan
estos comportamientos de veneración a las florestas en las sociedades
primitivas que vivieron antaño en esta tierra de la Sierra de Gata,
ya que era una región completamente cubierta de árboles
de los que sus moradores obtenían prácticamente de todo:
frutos, leña, medicinas, material de construcción y protección
contra inclemencias de temporales o de animales salvajes. El bosque era
su santuario, su lugar iniciático, totémico y sagrado. Si
las catedrales con sus columnas y nervaduras nos recuerdan hoy a un bosque
de árboles no es por casualidad, sino porque los primeros templos
de los pueblos más ancestrales fueron, sin duda, aquellos enormes
bosques de altas copas en los que apenas entraba la luz del sol. Considerado
pues el árbol como sagrado (el roble sobre todo en el mundo celta),
lo lógico es que lo hayan utilizado como talismán para protegerse
contra toda clase de males. Si a esto unimos el efecto purificador y protector
que el fuego ha tenido siempre en las antiguas culturas, obtendremos la
fusión deseada para la explicación y comprensión
de este rito. De hecho, muchos pueblos primitivos, quemaban en un lugar
público un árbol durante el solsticio de invierno para que
sus cenizas les protegiesen de los rayos, las tormentas, el granizo y
las enfermedades durante los fríos invernales. (Los celtas lo hacían
a principios de noviembre, que era cuando para ellos comenzaba el año,
pero entendemos que el desplazamiento hacia la Navidad está propiciado
por las modificaciones llevadas a cabo por el cristianismo en un afán
de cristianizar todos los ritos paganos) Y no eran pocos los que se llevaban
luego las brasas, alguna ramita no quemada y las cenizas a sus casas para
guardarlas durante todo el año (Creemos que quedan aún restos
de ritos semejantes: el ramo del Domingo de Ramos que protege las casas
de las tormentas o la ceniza del Miércoles de Ceniza). En Escocia
y en Bretaña, lugares eminentemente célticos, aún
se queman árboles como sacrificio propiciatorio para invocar a
las fuerzas incontrolables de la naturaleza pidiendo cualquier bondad
o protección y se dan vueltas alrededor de ellos mientras agonizan,
hasta que al final se cogen unos guijarros y se lanzan a la hoguera. Y
por último, habría que señalar que en todas las regiones
de España en las que lo pastoril ha sido preeminente, los bailes
alrededor de hogueras, árboles o troncos encendidos, han sido de
uso corriente hasta hace bien poco pues, habiendo sido el fuego un elemento
purificador, siempre supuso para las colectividades más arcaicas
un elemento protector, de ahí que las sociedades pastoriles lo
hayan reverenciado como a un dios.
El cuanto a la otra parte del rito, el de lanzar objetos encendidos al
aire, pertenece sin duda al campo de la magia simpatética o imitativa.
Muchos pueblos antiguos han luchado contra las fuerzas de la naturaleza
intentando con sus manifestaciones rituales doblegar las adversidades
naturales. Posiblemente eso mismo es lo que estos pueblos celtibéricos
de telúricos arraigos ancestrales intentaron lograr con el Capazo.
Hay que tener presente que es un rito eminentemente invernal (aunque,
debido a que las fiestas patronales de Torre de Don Miguel se celebran
en primavera, el rito se haya visto trasladado al mes de abril desde su
antigua ubicación en Nochebuena) y que es en el solsticio de invierno
cuando menos luce el astro rey. Para una sociedad que dependía
de los pastos para nutrir a sus rebaños y de la luz del sol para
hacer fructificar la escasa agricultura que en aquellos tiempos pudiesen
controlar, el ocultamiento del astro rey durante tantas horas en los días
cortos del invierno o durante las tormentas, días nublados, neblinosos
o simplemente grises, suponía una pérdida irreparable en
su escueta economía, cuando no un castigo de los dioses. De ahí
que intentaran por todos los medios invocar al dios fructificador para
que volviese con ellos y no los desamparase. Y, lo mismo que entre los
indios norteamericanos el hechicero invoca la lluvia cuando hace demasiado
tiempo que no llueve, ellos invocaban al sol intentando reproducir su
órbita solar en el cielo lanzando las capacetas encendidas en medio
de la noche para que, a través de su magia imitatoria, el sol se
dignase volver a reproducir su camino cotidiano y no los desamparase.
Los sencis del Perú y los ojebways han hecho lo mismo desde siempre,
sólo que lanzando flechas encendidas al aire para reproducir el
recorrido del sol en el cielo y que éste saliese pronto y dejase
de luchar con una bestia salvaje, según ellos. Los kamtchacos solían
sacar de sus cabañas teas encendidas y reunirlas todas en medio
de la plaza para invocar al sol durante los eclipses. Los indios chilcotín,
en los días nublados, apoyados en bastones, daban vueltas alrededor
de una hoguera para así, sostenidos en sus cayados, reproducir
el cansancio del sol que tardaba en salir y ayudarle, de este modo, en
su penoso viaje de vuelta. Y no sólo se le invoca, sino que en
algunas culturas incluso se le ofrecen sacrificios para que deshaga las
tormentas. Algunos indios precolombinos ofrecían sacrificios humanos
al oculto sol diciendo: hago esto para que seas abrasador y te comas todas
las nubes del cielo. Otros pueblos simplemente le han ofrecido alimentos
para que así, viendo los productos apetitosos, se diese prisa en
volver. E incluso hubo otras culturas que lo invocaron, aún sin
saberlo, de una manera más concreta y representativa: el Dios Amón
egipcio toma forma de disco solar, y no olvidemos que tanto Mitra como
el Niño Dios de la religión cristiana nacen en pleno solsticio
de invierno y llevan detrás de su cabeza la aureola solar con sus
resplandecientes rayos. Igualmente, los romanos celebraban en idéntica
fecha el dies natalis solis invicti (el día del nacimiento del
sol invencible). Y la misma fecha se da para el nacimiento de Osiris,
Atis, Apolo, Dionisos, Serapis o Krisna, todos ellos dioses relacionados
con el fuego, la luz y la salvación. Hasta el año 354 en
que el Papa Liberio instituyera por decreto que el día del Nacimiento
de Cristo era el 25 de Diciembre, logrando con esta magnífica jugada
de sincretismo religioso la superposición (que no la anulación)
sobre los cultos paganos anteriores del culto cristiano.

El rito del capazo de Torre de Don Miguel, considerado desde estos puntos
de vista, es uno de los tesoros etnológicos más arcaicos
que se conservan en toda Extremadura. Representa las aspiraciones y los
miedos de aquellas primeras culturas pastoriles que vivieron en nuestro
entorno y sus preocupaciones por sobrevivir en un mundo hostil y lleno
de temores, en el que el sol era su poderoso dios principal y los tupidos
bosques de hayas, robles y castaños los templos en los que veneraban
a las demás divinidades. El Capazo aparecerá pues, bajo
esta óptica, no como un divertimento carnavalesco o baile de quintos,
sino como un rito mistérico-religioso de adoración al árbol
y al sol. Y, como en todo misterio, también aquí se participa
de la teofagia al ingerir los participantes el sopetón hecho de
las espigas maduradas por el sol, empapadas con la savia de las aceitunas
y el zumo de las doradas naranjas. El Camuñas es el celebrante
y, como un hechicero que con sus campanillos, sus sonajas, su baile y
sus ornamentos mágicos ha estado todo el tiempo espantando los
malos augurios para que el rito no sea contaminado por los avatares de
las sombras, ahora, una vez que el sacrificio propiciatorio ha sido llevado
a cabo correctamente, se dispone a hacer partícipes de él
a todos los protagonistas y asistentes repartiendo entre todos el exquisito
bollo. El ritual, como ocurre casi siempre, es pasado por el tamiz de
la Iglesia y, en un singular sincretismo, hace que toda esa inveterada
celebración mistérica se supedite a la benevolencia de la
Patrona del lugar cuando los Capaceros ponen a sus pies el fuego mágico.
Sea como fuere, sincretizado o no, pocos pueblos cuentan con un rito tan
ancestral que se haya antenido vivo a través de los tiempos durante
tantas generaciones. Conservarlo y fomentarlo para que no se pierda es
la misión de todos los torreños y de cuantas instituciones
y organismos públicos y privados se sientan responsables de nuestra
cultura y de nuestra idiosincrasia.
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